La danza de la señora Xiang

—¿No se le ha ocurrido nunca pensar —dijo—
que la civilización es muy peligrosa?

—¿Peligrosa?
Esta observación revolucionaria
sorprendió grandemente al señor Satterthwaite.

—Si. No hay válvulas de seguridad.

La sombra en el cristal
Agatha Christie

 

La pierna derecha de la señora Xiang se balanceaba sobre el taburete azul. El inspector Torres observaba su danza silenciosa mientras el chop chop de la sangre golpeaba la gruesa alfombra. De un solo vistazo, Torres supo que:

1. El ángulo de balanceo impedía que las gotas impactaran sobre el raso del escabel,
2. La cadencia estaba a punto de verse interrumpida,
3. El viento helado que entraba por la ventana abierta sería el culpable.

Bajo el jarrón chino del que surgía un único crisantemo blanco, la señora Xiang había dejado unas palabras de disculpa para la dirección del hotel junto a varios billetes de quinientos euros para la limpieza del tapiz. La señora Xiang tenía en muy alta estima los bienes ajenos debido a su educación estrictamente japonesa. El verdadero nombre de la señora Xiang era Iwasaki o tal vez Nakamura. Aunque también podía haber sido Koyama, según constaba en la base de datos del PERPOL. No llevaba ni cuatro horas desaparecida cuando la encontraron. Había salido de su camerino en el Teatro Lara poco antes del inicio de la última función. Vestida con su elegante kimono índigo de dos tan, había subido a un taxi y regresado a la Royal Suite del Ritz.

El pelo de la señora Xiang caía como un velo negro sobre su oscilante desnudez. El delicado kimono había sido primorosamente colocado en un extraño maniquí que presidía el salón de la suite. Junto al armazón habían situado un gigantesco tocador abarrotado de horquillas, tarros de crema y maquillaje.

—Siempre pensé que las geishas usaban peluca —comentó el agente judicial.
—Ya ves —contestó el inspector absorto en el hipnótico balanceo. Entonces sucedió:

1. La ventana se cerró,
2. Las gotas mancharon el raso azul,
3. Torres vio la horrible hinchazón que deformaba el tobillo derecho de la señora Xiang.

—Vaya espectáculo —dijo el agente judicial apartando el taburete—. Que me aspen si logro entender qué pudo llevar a una mujer así a colgarse de una lámpara del Ritz y abrirse la garganta.
—A saber… —dijo Torres con indiferencia mientras un agente de paisano se sumaba a la escena.
—Inspector —interrumpió el novato—, ya están aquí los de la Científica.

El inspector Torres asintió y, tras los saludos de rigor, abandonó la Royal Suite sin más ceremonia. Hacía cuatro horas que no se fumaba un cigarro. En la puerta del Ritz saludó a los «monos» y se encendió un Ducados. Mientras aspiraba el primer chute de nicotina, calculó que a los de criminalística no les llevaría ni diez minutos cerrar el caso. El humo del tabaco negro ascendía hacia la noche con su baile silencioso. Lo peor, pensó, era que nadie más vería la verdadera danza de la señora Xiang.

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